martes, 14 de abril de 2015

Elegía al fueguito que se propaga.

"Otros arden la vida con tantas ganas
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca, se enciende"
Eduardo Galeano



Óyeme Eduardo,
estas cosas se avisan, se adelantan, 
que me he quedado triste, con la mirada perdida,
con el titular de prensa atravesado en los párpados
y tu despedida atravesada en la garganta.
Ya no habrá quien nos encamine el paso
en dirección a la utopía,
que nos diga que el delirio es un derecho
que nos declare "hijos de los días".
Alguien tendrá que recordarnos que las manos son nuestras
aunque estén vacías,
que venimos de la tierra
y que somos todos indígenas con las venas abiertas, 
Alguien que venga a explicarnos lo que engendra la violencia
alguien que señale claro a aquellos que la sustentan.
Óyeme Eduardo,
voy a hacer cosas chiquitas, 
a transformar lo transformable y,
luego, 
que se extienda bien el fuego.
Tu fueguito se ha apagado y, mañana,
 no se reconcilian ya tu ayer y tu hoy
pero ardías la vida con tantas ganas
que quien lee tus páginas y 
se acerca a tus palabras,
se enciende.

Gracias por sembrar fueguitos de alegría y lucha.
Los Nadie te lloran.




martes, 24 de marzo de 2015

Filosofía de bar


"Nuestra existencia no es más que un cortocircuito de luz 
entre dos eternidades de oscuridad."
    V.Nabokov


    Ni todas las citas célebres proceden de grandes discursos,
    ni todos las grandes reflexiones se extraen de elaborados ensayos.
    A veces vale un reencuentro entre botellines en cualquier bar
    de capital de provincia castellana-oriental,
    para que dos genios alcarreños ebrios
    sentencien la siguiente verdad:
    (No, Wasel, ni siquiera esta vez fue Sun Tzu)

    "¡Seguimos vivos!"

    Dicho con esa entonación que parece añadir un "¡que no es poco!"
    mientras posan sonriendo ante la cámara de fotos.

    Y no es poco, joder.
    "¡Seguimos vivos!", que lo es todo.

    domingo, 8 de marzo de 2015

    8M

    "Perseguís a la gente de quien dependéis, preparamos vuestras comidas,
     recogemos vuestras basuras, conectamos vuestras llamadas,
     conducimos vuestras ambulancias, y os protegemos mientras dormís,
     así que no te metas con nosotros."
    Tyler Durden



    Hoy ha hecho un día perfecto.
    Un día perfecto para ser mujer; mujer consciente y luchadora,
    para calzarse deportivas o tacones
    y salir a la calle a gritar que la revolución será
    feminista, o no será.
    Hoy ha hecho un día perfecto para dejar los platos sin fregar,
    para callar al acosador con la palabra, gesto o mirada más cortante,
    para dejar de juzgar a las demás y avanzar juntas hacia adelante.
    Hoy ha hecho un día perfecto para que revises tus machismos y
    cuestiones tus privilegios frente a tus compañeras,
    para que reconozcas la opresión y te decidas a luchar en mi trinchera.
    Hoy hay hecho un día perfecto para descubrirte,
    para disfrutar(te) y querer(te),
    o para compartirte con quien quieras, como y cuando quieras,
    que no hay normas, ni etiquetas, porque el amor no aprieta.
    Hoy ha hecho un día perfecto para montar un aquelarre,
    para bailar con las brujas y aullar con las lobas,
    para quemar la Conferencia Episcopal,
    para abortar a un alto cargo del PP
    para cagarnos en la brecha salarial
    para acordarnos de las que ya no están
    para celebrar que somos muchas, somos tantas,
    que somos cada vez más.
    Que somos las hijas de Eva, las madres, las putas, las locas del coño,
    las feminazis, las bolleras, las esposas, las solteras, las ancianas,
    el segundo sexo, las que disfrutan del sexo,
    las dejadas, las peludas, las flacas, las feas,
    las histéricas, las fáciles, las estrechas,
    las combativas, las guerrilleras,
    las que se quedan para vestir santos,
    las que se desvisten porque quieren,
    las que siembran vida y recogen vuestras miserias.

    Hoy ha hecho un día perfecto para luchar contra el patriarcado.

    Y mañana, mañana también.

    Michaela Meadow

    jueves, 22 de enero de 2015

    Coimbra

    Te voy a contar la historia del mar que no era y la casa que era barco. Los desayunos eran en proa, que dicen que es el "Clube dos Poetas Mortos"... aunque allí estaban todos muy vivos. El anfitrión (¡oh capitán, mi capitán!) tiene la sonrisa más grande del mundo y una tripulación que se adormece en las terrazas de los bares al sol de enero. 



    Te diré que donde el mar no está hecho de olas, rompen contra las calles puñados de carcajadas, canciones desafinadas y acordes torpes de guitarra. Los gritos se leen en las paredes, en mil idiomas y caligrafías, y nadie los calla porque la ciudad está viva. Tan viva que baila cumbia, reggae o ska al ritmo de los fogones, y cualquier cocinillas o pinche es buen compañero de baile.

    Te contaría que vimos reptilianos chupasangre y transformes alcohólicos y, aunque me digas que fue puro teatro... créetelo, porque allí no hay nada imposible salvo encontrar una república que no te deje los pies fríos y el corazón caliente. 

    Y te daré un consejo: no te levantes a contestar el teléfono que cuelga del techo porque, si te despistas, tu cama se convierte en zoo y tienes gatos y perros entre las colchas. Entonces alternas estornudos y sonrisas a partes iguales. 

    Y que siga la fiesta que aquí uno se embriaga a té hasta que el mundo se da la vuelta y no hay nada más divertido que emular a Da Vinci. Que quizás no doblemos herraduras con las manos pero ¿sabes qué? fuimos tan súper-hombres, tan súper-mujeres, que arreglamos el mundo varias veces y, después, nos descojonamos de todo aquéllo que no pudimos arreglar. 

    Nos reímos de lo injusto, de lo triste y del miedo. Nos reímos hasta de los muertos. Y no es que seamos frívolos o que nos ponga el humor negro (que también) es que, a pesar de todo, nosotros estamos vivos.

    Que aunque el mundo es inmenso y hay mil caminos distintos y distantes, cualquier tren nocturno te lleva al puerto de un amigo.

    ¡Que não estas sozinho!

    lunes, 1 de diciembre de 2014

    Lunáticos de invierno

    "De todas las cosas que he perdido
     la que más  menos extraño es mi cordura."
      Mark Twain

      Traigo el frío de los muertos en las manos, como siempre.
      Quizás sea estufa tu jersey o quizás

      quizás en su barco haya una fogata 
      o una botella de ron p'abrasarme las entrañas.

      El té ya no sé si rojo o negro, por lo que pueda leerse en los posos, 
      Los divanes son para aburridos no para locos y las almohadas, en serio, las almohadas no escuchan. 
      Odio cuando los cuerdos van de psicoanalistas. Sin acento argentino ni hostias.
      Te dicen que estás loco y entonces sí te da el brote psicótico.
      No me jodas. La locura es elección personal, idiotas.

      A veces.

      Pues eso, que me irrita la cordura de los rancios y lo demás
      lo políticamentecorrecto y lo normal.  
      Sobretodo cuando es lo fácil.

      Que llegue ya la primera nevada porque tengo estaciones de tren 
      y relojes atrasados y ochomiles de apuntes en precario equilibrio
      y fideos en la tripa (¿quién cojones come mariposas?) nadando en café de máquina. 
      Y me sobran. 

      Y esta vez, sin sobrarme, me abundan las flaquezas
      me esquivan las certezas.

      Pero bailemos, Que es invierno.



      martes, 4 de noviembre de 2014

      Mujer-carrasca

      A Celia, por ser abuela.
      Por ser la mía.


      Hay ganchillo en los cojines  y conserva en la despensa en tarros grandes de cristal. Cierro los ojos y vuelvo a verte desbriznar el azafrán, a los eneros de matanza y los puñales de hielo colgando del alfeizar. Te veo subir del huerto de la fuente con el caldero azul rebosante de borraja y te oigo gritarme que me aleje del pozo porque, seguramente, estoy escarbando distraída en busca de zanahorias para ver si consigo que se me acerquen los conejos y poderles tocar... Pero, al abrir los ojos, de aquello no queda nada: no huele a pan la vieja cochera, ni quedan conejos asustadizos en las parideras del corral. Hace mucho que no echas el grano a las gallinas y que no pesas magdalenas en la báscula de metal.

      Nunca entendí que te sorprendieses de lo bien que leía ni de que me hicieses escribir en cualquier papelajo para admirar mi caligrafía escolar, pero tanta ilusión te hacía vernos crecer y progresar... ¿Te acuerdas del día que me atacó el gallo? Apareciste ante mí como la brava heroína del corral, espantando a manotazos aquella bola de plumas… intuyo que más tarde se lo harías pagar. Recuerdo de pequeña ir contigo a misa y la angustia que yo pasaba sentada, mirando al cristo crucificado que estaba ahí, sangrando y medio muerto, mientras nadie le ayudaba… pronto comprendiste que el potaje y los buñuelos eran mi parte favorita de la Semana Santa. 

      Según pasaron los años empezaste a perseguirme por casa para arremangarme el bajo de los pantalones de campana, que “vas barriendo el pueblo” me decías. Si trasnochábamos en las fiestas siempre tenías un "¡Ay, pispoteros!" con el que "animarnos" por la mañana a salir de debajo del edredón y, si había suerte, en invierno al acostarnos, encontrábamos una bolsa de agua caliente entre las sábanas y el pijama calentito en el radiador. Recuerdo cuando me enseñabas a hacer flores que duraban bien poco en la bandeja, cuando te reías con las tonterías de tus nietos y cómo hacías punto sentada en el sofá; recuerdo también las jotas de Nobleza Baturra que a veces te animabas a cantarme, o esa caja de zapatos repleta de fotos viejas a cuyos protagonistas me ayudabas a adivinar.

      Ojalá poder volverte a escuchar.
      Que me des tus manos ásperas de sembrar el pan.
      Que me cuentes más historias de hambre y de pastores.
      Ojalá. 
      Ojalá otra guerra de besos, de esas de antes de montar en el coche en las despedidas...  
      y sabes que no paro hasta que te rías. 

      Luego llegaron las nubes a la memoria. El fairy a las ensaladas.
      Los días en que contabas historias de antes, porque era lo que mejor recordabas.
      "No me engañes", me decías, y yo tenía que insistirte - que de verdad era tu nieta- quizás no te lo creías del todo pero me cogías del brazo y volvíamos a pasear.
      Cambiabas de tema: "Igual hay que mirar si hoy han puesto las gallinas".
      (Pero ya habíamos ido varias veces al corral).

      Sin darnos cuenta nos despedimos de manera extraoficial. Presa de una silla de ruedas, la mirada casi perdida, las manos bien apretadas, silencio en el paladar. Intuyo que de haber podido, habrías echado a volar. Pero siempre fuiste mujer recia, tan de tu tierra, tan carrasca, tan Pedregal… y las carrascas tienen fuertes las raíces y supongo que, por eso, no podías despegar. Yo te juro que aprendí a ser cobarde cuando no quise ir a verte para no echarme a llorar. 

      Ahora hay fuego en la estufa y huele el salón a chasca.
      Las campanas de la torre hablan su idioma de muertos

      Y no estás. 

      Me dijeron que te habías ido y brindé por tus alas nuevas. Por fin descansabas, yaya.
      La copa y la Luna llenas (el vacío vendría después).
      Pero aún no era ni de día ni de noche, era pronto y tarde para llorar. 
      Y total, para ti ya no importaba el tiempo...

      Que la tierra te sea leve, Celia,
      Mujer-carrasca de El Pedregal.


      jueves, 30 de octubre de 2014

      Pachucha. Kikoso.

      A ella le gustaba llevar ese chándal de mil colores. Uno de esos que ahora llevan los modernos pero que tienen más años que Atapuerca. Él solía llevar un mono vaquero y una camiseta de rayas, aunque en invierno sacaba ese abrigo de pelusilla marrón con orejas de oso en la capucha.
      Ella tenía pelo rubio brillante, nariz de habichuela y hoyuelos al sonreír. Él andaba siempre con cara de susto y la nariz colorada, redonda como un botón. Era pelirrojo, pero me atrevo a jurar que nunca nadie había conseguido peinarle. 

      Hubo un tiempo en que yo no me separaba de ella: jugábamos después del cole y las meriendas se hacían eternas si ella se empeñaba en rechazar la fruta, dormíamos juntas (yo me pedía pared), nos reíamos como locas ante cualquier atisbo de foto y se sentaba a mi lado cuando yo pintaba con acuarelas mis vanguardias infantiles. 
      Recuerdo que a Rodrigo le pasaba algo parecido con él. No es que fuera el crío más inocente del mundo (y cualquiera que haya visto su sonrisa de "yonohesido" dará fe de ello), pero con él era distinto, le cuidaba y le protegía como si fuese su hermano mayor. El primo de Zumosol. Él era más mayor que Rodrigo, había vivido mil aventuras antes y, a veces, se le notaba perdido, quizás cansado de tanto jugar. Había tenido un accidente que le hizo perder la visión y Rodrigo lloraba tanto cuando le miraba el ojo mutilado, con sus pestañas aplastadas y la córnea destrozada por un destornillador, que la tía tuvo que improvisar un parche rojo para que Rodrigo dejase de llorar. Luego todo fue mejor. No es lo mismo tener un amigo tullido que un amigo pirata, ya se sabe.

      Y míralesnos

      Cómo pasa pesa el tiempo.