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martes, 14 de abril de 2015

Elegía al fueguito que se propaga.

"Otros arden la vida con tantas ganas
que no se puede mirarlos sin parpadear,
y quien se acerca, se enciende"
Eduardo Galeano



Óyeme Eduardo,
estas cosas se avisan, se adelantan, 
que me he quedado triste, con la mirada perdida,
con el titular de prensa atravesado en los párpados
y tu despedida atravesada en la garganta.
Ya no habrá quien nos encamine el paso
en dirección a la utopía,
que nos diga que el delirio es un derecho
que nos declare "hijos de los días".
Alguien tendrá que recordarnos que las manos son nuestras
aunque estén vacías,
que venimos de la tierra
y que somos todos indígenas con las venas abiertas, 
Alguien que venga a explicarnos lo que engendra la violencia
alguien que señale claro a aquellos que la sustentan.
Óyeme Eduardo,
voy a hacer cosas chiquitas, 
a transformar lo transformable y,
luego, 
que se extienda bien el fuego.
Tu fueguito se ha apagado y, mañana,
 no se reconcilian ya tu ayer y tu hoy
pero ardías la vida con tantas ganas
que quien lee tus páginas y 
se acerca a tus palabras,
se enciende.

Gracias por sembrar fueguitos de alegría y lucha.
Los Nadie te lloran.




martes, 28 de mayo de 2013

Poetas




"Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse."
Gabriel Celaya






Es la Historia que está viva.
Corazones que bombean sangre de un mismo color.  
Pies que tantean el suelo al estrenar primeros pasos.
La historia que se esconde en cada arruga de un anciano,
la experiencia que segrega cada poro de su piel.
Aspereza en unas manos que trabajan la tierra que les vio nacer.
El chasquido de las vértebras de quien estira su cansancio.
Gestos tiznados de carbón, cejas empapadas en sudor.
Rumbos vagabundos de quien viaja sin billete,
con lo puesto, sin prisa y sin dirección
Entrañas del cuaderno que escribió el preso en su celda.
El arrojo y la humildad de la piedra contra el tanque.
La resistencia del que lucha mimetizado en el monte.
La risa inesperada que hace retroceder al miedo.
Endurecerse, como Ernesto, sin perder jamás la ternura.
La inmensidad azul que inspiró a Neruda.
El camino que hizo al andar Machado en su marcha hacia el exilio.
El arma con que Celaya disparó versos de futuro.
La libertad para la que Miguel Hernández
sangraba, luchaba y pervivía, 
y en cuya bandera bordó Lorca el amor más grande de su vida.
La boca de Benedetti que supo gritar rebeldía.
El incesante galopar de los pueblos que cantó Alberti:
"hasta enterrarlos en el mar".
Las diez mil manos, sembrando y produciendo, 
y Víctor Jara gritando "¡A desalambrar!"
Las mujeres que no se conforman con parir leones.
Los que, como Arenas, permanecen en la lluvia .
Lo sencillo difícil de realizar que dijo Brecht.

Porque la poesía es también  (y sobretodo) el grito de los sin voz.


Imagen de Tina Modotti

domingo, 14 de octubre de 2012

El cementerio de los libros olvidados

"—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?" 


               La Sombra del viento, Carlos Ruíz Zafón


"¿Es la primera vez que venís? ¿Sabéis como funciona?". Daniel Semper veía hoy desde mis ojos aquella habitación. Paredes cubiertas de libros apilados hasta el techo, columnas de literatura equilibrista que se balanceaban peligrosamente cada vez que alguien arrancaba una obra de las capas inferiores. Una escalera de mano para alcanzar los estantes más altos y cajas repletas de palabras, celulosa y tapas duras colocadas por el suelo. Etiquetas que rezaban "Arte", "Novela", "Poesía" o "Rarezas" en un intento de organizar el caos literario. Un sofá, una cafetera y todo el tiempo del mundo para barrer con la mirada autores y títulos impresos o grabados en un sin fín de cubiertas de diversos colores, tamaños y texturas.
Sentirse abrumada por tal cantidad de libros y saber que alguno te espera a tí, que saldréis juntos de la sala y que pasarás una a una todas sus páginas en un futuro no muy lejano. Me ha costado, pero al final, como Semper, he encontrado el mío, el que me estaba esperando, debajo de una pila de tomos descolocados... Llevaba mi nombre impreso sin tinta: un libro que tuve una vez de prestado y que no me pude leer...el azar me lo ha devuelto con palabras extranjeras. Dos pájaros de un tiro. O de un libro.
Salir de la habitación con las manos y la sonrisa llenas, sabiendo que vas a volver y agradeciendo que existan rincones así.

Donde no viven los libros olvidados, sino los libros libres, que ni se compran ni se venden.

miércoles, 4 de abril de 2012

Cosas chiquitas

Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer, y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable. 
                                                                                                                       Eduardo Galeano