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jueves, 22 de enero de 2015

Coimbra

Te voy a contar la historia del mar que no era y la casa que era barco. Los desayunos eran en proa, que dicen que es el "Clube dos Poetas Mortos"... aunque allí estaban todos muy vivos. El anfitrión (¡oh capitán, mi capitán!) tiene la sonrisa más grande del mundo y una tripulación que se adormece en las terrazas de los bares al sol de enero. 



Te diré que donde el mar no está hecho de olas, rompen contra las calles puñados de carcajadas, canciones desafinadas y acordes torpes de guitarra. Los gritos se leen en las paredes, en mil idiomas y caligrafías, y nadie los calla porque la ciudad está viva. Tan viva que baila cumbia, reggae o ska al ritmo de los fogones, y cualquier cocinillas o pinche es buen compañero de baile.

Te contaría que vimos reptilianos chupasangre y transformes alcohólicos y, aunque me digas que fue puro teatro... créetelo, porque allí no hay nada imposible salvo encontrar una república que no te deje los pies fríos y el corazón caliente. 

Y te daré un consejo: no te levantes a contestar el teléfono que cuelga del techo porque, si te despistas, tu cama se convierte en zoo y tienes gatos y perros entre las colchas. Entonces alternas estornudos y sonrisas a partes iguales. 

Y que siga la fiesta que aquí uno se embriaga a té hasta que el mundo se da la vuelta y no hay nada más divertido que emular a Da Vinci. Que quizás no doblemos herraduras con las manos pero ¿sabes qué? fuimos tan súper-hombres, tan súper-mujeres, que arreglamos el mundo varias veces y, después, nos descojonamos de todo aquéllo que no pudimos arreglar. 

Nos reímos de lo injusto, de lo triste y del miedo. Nos reímos hasta de los muertos. Y no es que seamos frívolos o que nos ponga el humor negro (que también) es que, a pesar de todo, nosotros estamos vivos.

Que aunque el mundo es inmenso y hay mil caminos distintos y distantes, cualquier tren nocturno te lleva al puerto de un amigo.

¡Que não estas sozinho!

martes, 30 de septiembre de 2014

Ítaca

Cuando volvió a Ítaca se dio cuenta, de verdad, de lo corta y lo salvaje que había sido su Odisea. Entonces ese lugar que tanto le gustaba, ese cacho de tierra del que antes solía hacer patria, al que humildemente ponía a la altura o por encima de ciudades Patrimonio de la Humanidad y al que solo a sí mismo y a sus paisanos permitía el derecho y el placer de criticar (porque lo amaban y lo sufrían al mismo tiempo que él)... ese lugar, ahora le resultaba completamente ajeno. Ítaca le agobiaba y le parecía que las alcarrias que la flanquean le cercaban y se estrechaban para que no escapase más:

también hay islas lejos del mar.

Qué igual era todo y qué distinto a la vez. Aunque nadie, nadie más, parecía percatarse.
Se preguntó si era él quién había cambiado.

En la aventura había aprendido cosas que no se pueden leer: que el horizonte es infinito, que hay vida más allá,  que en el corazón (o en las pupilas, o en la memoria, o en donde quiera que se guarden las cosas importantes) cabe mucho más que en la maleta. Y caben arraigos y pertenencias. Otras Ítacas.

En Ítaca no siempre hay Penélopes tejiendo ausencias y la ausencia le había hecho prescindible. 
Cuando volvió le costó encajar -el golpe- en ese ecosistema del que una vez salió y que había seguido funcionando igual de bien sin él. Pero al final comprendió que es esa prescindibilidad la que nos deja ser parte de todo y de todos.
-"Y eso es bien"- supuso.
-"Joder, ¡eso es muy bien!"- se convenció.

Eso implica que cuando emprendiese nuevas Odiseas seguiría  pudiendo volver porque, no importa lo cambiado que regresase o lo asquerosamente igual y distinta que le esperase Ítaca a su regreso, seguirá siendo la suya y, podía reconocerlo, estando lejos extrañaba su sinsentido.

Que Eolo sople nuevos vientos.
Que a Ítaca siempre se regesa.

martes, 3 de diciembre de 2013

Coucou

Recuerdos de un viaje en autobús que, por su duración, bien podría haber tenido por destino Mordor o el fin del mundo. Por si acaso, servidora se apeó en Montpellier.
- "Española ¿eh? Supongo que vienes a trabajar en la vendimia" Fue la extraña bienvenida que me dedicó Francia a través de un desconocido al desembarcar en medio de la noche en la estación de bus. Ahora que una ha tenido tiempo de acostumbarse al chovinismo, la excesiva burocracia y la fierté de les enfants de la patrie, no me sorprende el recibiento, pero por aquél entonces fue très choquant.

Parece que ha pasado una eternidad desde aquellos días en que una maleta, vértigo e incertidumbre era lo único que traía conmigo, cuando vivía de okupa en residencias ajenas, comíamos taboulé infame y por manta usábamos una bandera republicana.

Tres meses después una se ha acostumbrado a no encontrar las alcarrias recortadas contra el cielo al otro lado de la ventana, a hablar francés (con acentos varios) sin necesidad de unas cervezas para desinhibirse y a ser yo la extraña extranjera. Ahora conozco par coeur las paradas del tranvía, dónde desembocan los callejones y en qué recovecos se esconden las placitas con más encanto de la zona antigua. Conozco con precisión la combinación de los semáforos del cruce de Boulevard de Strasbourg, los horarios y los bares con descuento y a qué hora la policia desaloja la Place Saint Roch. He visto pasar minutos delante de ropa centrifugándose en lavanderías colectivas, sé que los domingos alguien venderá la bici que te han robado en el mercado de las pulgas y que las mejores vistas de Montpellier son desde el Peyrou. He sentido la emoción de tener el mar a 20min de casa y la decepción al comprobar que no tiene olas. He perdido la cuenta de las horas que he corrido a la orilla del Lez y voy adaptando mi cuerpo a una dieta de cereales, caldo de verduras, queso y cerveza. Desarrollo la teoría de qu'il faut pas parler plusieurs langues if you can mix them all y estoy construyendo mi propio dialecto. Aumenta cada día mi colección de risas, anécdotas y resacas. 
Os echo de menos sin querer volver.



En tres meses la vida ha dado más vueltas que el carrusel (presque toujours vide) de Comédie y, aunque a veces las ausencias pesan, Erasmo de Rotterdam tiene buenos antídotos para mi.
 Vivo en un país donde España es el tercer mundo y cuyos habitantes lo llenan todo de bicis, huelgas, humo de cigarrillo y "oh putain!"... pero de momento esta tierra me está tratando bien.


lunes, 21 de enero de 2013

 "Si no escalas la montaña,
jamás podrás disfrutar el paisaje."
Pablo Neruda

Sentarse en la cima del mundo y sentirse atrapado en la blanca inmensidad. El todo y la nada. Miraba al horizonte sin que existiese el horizonte. El silencio taponando los oídos y el viento forzando, indómito, a entrecerrar los ojos. Le nacía escarcha en las pestañas. Sentía el cuerpo entumecido por el frío mientras un calor interno le sosegaba. Tan cerca del mundo pero tan fuera de él.


La trascendencia debía ser aquéllo