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martes, 8 de septiembre de 2015

AMALIO CLUB

"- Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca
- Oh, eso no lo puedes evitar. Aquí todos estamos locos. 
Yo estoy loco. Tú estás loca.
- ¿Cómo sabes que yo estoy loca?
- Tienes que estarlo, o no habrías venido aquí."
 Alicia en el país de las maravillas; L.Carroll





¿Cómo alguien podría olvidarse de aquel manicomio?

Aquella puta jaula de grillos donde se agolpaban un montón de individuos con su uniforme bicolor: pantalones blancos y camiseta negra con sus dos franjas a cuadros y, estampado en medio, el nombre de aquella noble institución (asociación cultural la llamaban algunos) en la que habían ingresado por voluntad propia y que probaba, a todas luces y sin necesidad de test ni pruebas clínicas, su más absoluta demencia. 
Allí un grupo embriagándose con "elixir de amor" de Zamo, justo al lado de esos que se preparaban para el desfile de lunáticos añadiendo a su atuendo algún complemento más o menos absurdo y borrachos de felicidad... El filósofo se bañaba en calzoncillos en una piscina hinchable para niños, aleccionando a las masas con sabiduría popular y rodeado de gambas flotantes; un montón de gente berreaba al ritmo de "qué bonito es Israel" mientras golpeaban las paredes de metal de la carpa que les alojaba y otros volcaban un urinario de cabina con alguien dentro para alegría de todos, que se recreaban en sus pocos escrúpulos y aplaudían su pocilga colectiva coreando "¿Cuál es la peña que huele peor?" para auto-responderse a continuación: "¡EL AMALIO!"
Un día al año hacían la "ronda satánica" en las que básicamente competían por parejas bebiendo calimocho hasta que el estómago o los esfínteres de alguien se rendían; también eran expertos en gorronear charangas a los vecinos, en animar el baile con una inesperada fiesta del agua enchufando a la gente con la manguera de limpiar o tratar de subir (o bajar) la temperatura con la improvisada, a menudo lamentable y siempre surrealista actuación de streappers a cargo de algún miembro de la peña con disfraces resultones y mucho afán por exhibirse. 
Porque recursos pocos, pero imaginación y desparpajo había a chorros (bebidas espirituosas también había a chorros, aunque la directiva y su economía planificada hacían lo imposible por controlar el búnker...con mejor o peor resultado a medida que transcurrían las noches). Todo eran maravillosas sorpresas: lo mismo se caían las paredes de la carpa que se metía gente en el arcón de los hielos, salían amalias del contenedor o alguien hacía noche en la taza del váter... todo bajo la atenta y protectora mirada del segurata. 
Como buena asociación cultural también había conciertos y sabe dios que nunca hubo un público tan entregado. Bailaban de todo y coreaban con orgullo su himno, ése con cuatro versos y un estribillo dedicado a una cebolla: nada menos mainstream y más genial que un vegetal ska.
No todo era fiesta y ocio nocturno, también hacían excursiones: los más valientes dementes iban con los primeros rayos de sol al zoológico a empatizar con sus más cercanos parientes, los primates, y a exigir "¡monos libertad!", pero la excursión estrella eran los coches de choque (donde amortizaban las capuchas de sus sudaderas) hasta que les vetaron la entrada al establecimiento si iban todos juntos... se ve que la sociedad aún no estaba preparada para tan altas dosis de locura y carencia total de sentido común.

Y sí, se dice que nacieron de un carrito y mil leyendas y hazañas más. Y que se disolvieron, probablemente, para librar al mundo de una hecatombe aún mayor. Pero nunca otra peña supo juntar a lo mejor de cada casa y nunca antes hubo tanto sinsentido bajo una misma carpa



Y no, desarraigo no es lo que tenían los de la generación del '98, desarraigo es lo que tengo yo cada comienzo de septiembre cuando me veo huérfana de asco y magia. "Amalios del mundo, re-uníos". Pofavó.

¡¡¡¿Cómo alguien podría olvidarse de aquel manicomio?!!!



domingo, 17 de mayo de 2015

Arbeit macht frei

"Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie."
Theodor Adorno



    "El trabajo os hará libres"- dicen las puertas del infierno en la Tierra.
    (De uno de ellos).
    Setenta años después no hay cenizas cubriendo el azul del cielo, no huele a carne quemada, ni se apilan contorsionados cadáveres tísicos esperando desaparecer en columnas de humo negro. No hay sombras con rostros de calavera realizando trabajos forzados, apiñados en barracones, rascándose las pulgas, comiéndose los miedos, consumiendo los días, esperando el milagro o la muerte.
    Es imposible imaginar el horror setenta años después, pero jurarías que ese sauce llorón de la esquina no pudo haber elegido un lugar mejor para echarse a llorar.

    Montañas de zapatos, de todos los tipos y tamaños; 
    piscinas de cepillos de dientes, cubiertos, prótesis; 
    madejas de pelo (parece ser que se hicieron muchas mantas con él); 
    maletas, marcadas con apellidos, 
    esperando vacías tras una vitrina a unos dueños que no volvieron a recogerlas.

    No conozco el horror pero he visto su museo. 
    El parque temático del silencio, donde el visitante está tan sobrecogido que cualquier palabra o gesto carece de todo sentido, un insulto vacío, un escupitajo en la cara de la humanidad.

    Hay un pasillo repleto de luchadores contra el horror. Te miran desde el marco de sus fotografías con sus trajes de rayas, sus triángulos rojos o rosas, sus estrellas amarillas, con sus nuevos nombres números sujetos en un cartel entre las manos. Algunos tienen los ojos brillantes, otros aprietan la mandíbula o tienen rostros tristes carcomidos por los augurios. Pero esos que te fascinan son los de la sonrisa, esos que fuera de cualquier lógica miran al verdugo que les dispara (de momento con una cámara) y aplican la filosofía del: 

    "Nuestra venganza es ser felices".


    martes, 14 de abril de 2015

    Elegía al fueguito que se propaga.

    "Otros arden la vida con tantas ganas
    que no se puede mirarlos sin parpadear,
    y quien se acerca, se enciende"
    Eduardo Galeano



    Óyeme Eduardo,
    estas cosas se avisan, se adelantan, 
    que me he quedado triste, con la mirada perdida,
    con el titular de prensa atravesado en los párpados
    y tu despedida atravesada en la garganta.
    Ya no habrá quien nos encamine el paso
    en dirección a la utopía,
    que nos diga que el delirio es un derecho
    que nos declare "hijos de los días".
    Alguien tendrá que recordarnos que las manos son nuestras
    aunque estén vacías,
    que venimos de la tierra
    y que somos todos indígenas con las venas abiertas, 
    Alguien que venga a explicarnos lo que engendra la violencia
    alguien que señale claro a aquellos que la sustentan.
    Óyeme Eduardo,
    voy a hacer cosas chiquitas, 
    a transformar lo transformable y,
    luego, 
    que se extienda bien el fuego.
    Tu fueguito se ha apagado y, mañana,
     no se reconcilian ya tu ayer y tu hoy
    pero ardías la vida con tantas ganas
    que quien lee tus páginas y 
    se acerca a tus palabras,
    se enciende.

    Gracias por sembrar fueguitos de alegría y lucha.
    Los Nadie te lloran.




    domingo, 8 de marzo de 2015

    8M

    "Perseguís a la gente de quien dependéis, preparamos vuestras comidas,
     recogemos vuestras basuras, conectamos vuestras llamadas,
     conducimos vuestras ambulancias, y os protegemos mientras dormís,
     así que no te metas con nosotros."
    Tyler Durden



    Hoy ha hecho un día perfecto.
    Un día perfecto para ser mujer; mujer consciente y luchadora,
    para calzarse deportivas o tacones
    y salir a la calle a gritar que la revolución será
    feminista, o no será.
    Hoy ha hecho un día perfecto para dejar los platos sin fregar,
    para callar al acosador con la palabra, gesto o mirada más cortante,
    para dejar de juzgar a las demás y avanzar juntas hacia adelante.
    Hoy ha hecho un día perfecto para que revises tus machismos y
    cuestiones tus privilegios frente a tus compañeras,
    para que reconozcas la opresión y te decidas a luchar en mi trinchera.
    Hoy hay hecho un día perfecto para descubrirte,
    para disfrutar(te) y querer(te),
    o para compartirte con quien quieras, como y cuando quieras,
    que no hay normas, ni etiquetas, porque el amor no aprieta.
    Hoy ha hecho un día perfecto para montar un aquelarre,
    para bailar con las brujas y aullar con las lobas,
    para quemar la Conferencia Episcopal,
    para abortar a un alto cargo del PP
    para cagarnos en la brecha salarial
    para acordarnos de las que ya no están
    para celebrar que somos muchas, somos tantas,
    que somos cada vez más.
    Que somos las hijas de Eva, las madres, las putas, las locas del coño,
    las feminazis, las bolleras, las esposas, las solteras, las ancianas,
    el segundo sexo, las que disfrutan del sexo,
    las dejadas, las peludas, las flacas, las feas,
    las histéricas, las fáciles, las estrechas,
    las combativas, las guerrilleras,
    las que se quedan para vestir santos,
    las que se desvisten porque quieren,
    las que siembran vida y recogen vuestras miserias.

    Hoy ha hecho un día perfecto para luchar contra el patriarcado.

    Y mañana, mañana también.

    Michaela Meadow

    martes, 4 de noviembre de 2014

    Mujer-carrasca

    A Celia, por ser abuela.
    Por ser la mía.


    Hay ganchillo en los cojines  y conserva en la despensa en tarros grandes de cristal. Cierro los ojos y vuelvo a verte desbriznar el azafrán, a los eneros de matanza y los puñales de hielo colgando del alfeizar. Te veo subir del huerto de la fuente con el caldero azul rebosante de borraja y te oigo gritarme que me aleje del pozo porque, seguramente, estoy escarbando distraída en busca de zanahorias para ver si consigo que se me acerquen los conejos y poderles tocar... Pero, al abrir los ojos, de aquello no queda nada: no huele a pan la vieja cochera, ni quedan conejos asustadizos en las parideras del corral. Hace mucho que no echas el grano a las gallinas y que no pesas magdalenas en la báscula de metal.

    Nunca entendí que te sorprendieses de lo bien que leía ni de que me hicieses escribir en cualquier papelajo para admirar mi caligrafía escolar, pero tanta ilusión te hacía vernos crecer y progresar... ¿Te acuerdas del día que me atacó el gallo? Apareciste ante mí como la brava heroína del corral, espantando a manotazos aquella bola de plumas… intuyo que más tarde se lo harías pagar. Recuerdo de pequeña ir contigo a misa y la angustia que yo pasaba sentada, mirando al cristo crucificado que estaba ahí, sangrando y medio muerto, mientras nadie le ayudaba… pronto comprendiste que el potaje y los buñuelos eran mi parte favorita de la Semana Santa. 

    Según pasaron los años empezaste a perseguirme por casa para arremangarme el bajo de los pantalones de campana, que “vas barriendo el pueblo” me decías. Si trasnochábamos en las fiestas siempre tenías un "¡Ay, pispoteros!" con el que "animarnos" por la mañana a salir de debajo del edredón y, si había suerte, en invierno al acostarnos, encontrábamos una bolsa de agua caliente entre las sábanas y el pijama calentito en el radiador. Recuerdo cuando me enseñabas a hacer flores que duraban bien poco en la bandeja, cuando te reías con las tonterías de tus nietos y cómo hacías punto sentada en el sofá; recuerdo también las jotas de Nobleza Baturra que a veces te animabas a cantarme, o esa caja de zapatos repleta de fotos viejas a cuyos protagonistas me ayudabas a adivinar.

    Ojalá poder volverte a escuchar.
    Que me des tus manos ásperas de sembrar el pan.
    Que me cuentes más historias de hambre y de pastores.
    Ojalá. 
    Ojalá otra guerra de besos, de esas de antes de montar en el coche en las despedidas...  
    y sabes que no paro hasta que te rías. 

    Luego llegaron las nubes a la memoria. El fairy a las ensaladas.
    Los días en que contabas historias de antes, porque era lo que mejor recordabas.
    "No me engañes", me decías, y yo tenía que insistirte - que de verdad era tu nieta- quizás no te lo creías del todo pero me cogías del brazo y volvíamos a pasear.
    Cambiabas de tema: "Igual hay que mirar si hoy han puesto las gallinas".
    (Pero ya habíamos ido varias veces al corral).

    Sin darnos cuenta nos despedimos de manera extraoficial. Presa de una silla de ruedas, la mirada casi perdida, las manos bien apretadas, silencio en el paladar. Intuyo que de haber podido, habrías echado a volar. Pero siempre fuiste mujer recia, tan de tu tierra, tan carrasca, tan Pedregal… y las carrascas tienen fuertes las raíces y supongo que, por eso, no podías despegar. Yo te juro que aprendí a ser cobarde cuando no quise ir a verte para no echarme a llorar. 

    Ahora hay fuego en la estufa y huele el salón a chasca.
    Las campanas de la torre hablan su idioma de muertos

    Y no estás. 

    Me dijeron que te habías ido y brindé por tus alas nuevas. Por fin descansabas, yaya.
    La copa y la Luna llenas (el vacío vendría después).
    Pero aún no era ni de día ni de noche, era pronto y tarde para llorar. 
    Y total, para ti ya no importaba el tiempo...

    Que la tierra te sea leve, Celia,
    Mujer-carrasca de El Pedregal.


    viernes, 8 de marzo de 2013

    Arrugas

    La abuela no te llevaba a heladerías en verano, pero llenaba el tercer cajón del congelador con los helados favoritos de sus muchos nietos y el abuelo contribuía a vaciarlo sin grandes esfuerzos.

    Te gustaba mirar cómo se limpiaba el chocolate de las comisuras con esas servilletas rosas de papel para después doblar y redoblar en infinitos pliegues perfectos, que plisaba con la uña, el envoltorio vacío del helado. Era uno de sus muchos rituales; gestos que repetía en silencio, con calma y suma concentración, aunque solo se tratase de cubrir un filete empanado con lunares de ketchup.

    Estabas convencida de que era el hombre más goloso de la Tierra y llegaste a pensar que si le lamías la cara tenía que saber dulce a la fuerza. Era él quien se sacaba caramelos del bolsillo como por arte de magia y quien te descubrió el maravilloso mundo de la leche condensada. A pesar de ello se permitía el lujo de aconsejarte: "Si comes muchas chucherías te saldrán lombrices en el culo". Entonces, te comías los helados con miedo, esperando que un poquito de vainilla no fuese suficiente para llenarte las entrañas de gusanos. 

    Las manos de la abuela eran finas y arrugadas, con esa piel casi trasparente que dejaba adivinar unas venas muy marcadas, como gusanos azules y alargados. Quizás ella también había comido demasiadas golosinas. Las manos del abuelo eran diferentes: grandes y muy asperas, "de labrar" decía siempre, y la ausencia de un dedo era la excusa perfecta cuando perdía jugando a los bolos en el parque. 

    La abuela siempre tenía un rato para tus cosas de niños. Podía tomarse 6 o 7 de los cafés imaginarios que le preparabas sin quejarse por la cafeina. "Ten cuidado, ¡que quema!" le decías, y ella soplaba el vaso vacío y lo removía antes de beber nada. Finjía emoción cuando le dabas "un regalito" que resultaba ser el mando de la tele envuelto en el paño de ganchillo que cubría la mesa del salón y se maravillaba de lo guapa que estabas cuando te lo ponías sobre los rizos y decías tener melena larga. Larguísima.

    Desde tu mirada infantil no lo apreciabas, pero eran diferentes. Tremendamente diferentes. Tardaste tiempo en comprender cómo se querían tanto y se entendían tan bien.
    Con los años decidiste que se complementaban mutuamente, como el aceite y el vinagre de una ensalada.


    Años después queda una abuela, más cansada, que juega con sus bisnietos, 
    un cajón lleno de helados que se vacía más despacio 
    y una ensalada sin vinagre.


    lunes, 3 de diciembre de 2012

    Gaza

    Entonces quizás recordó el aire viciado por el polvo,
    los pies trastabilleando sobre montañas de escombros.
    El traumático sonido de los cazas, las bombas al caer.
    Y taparse los oídos inutilmente.
    Niños de caras sucias surcadas de lagrimones deambulando por la calle,
    que cuentan palestinos saltando el muro, en vez de ovejas, para dormir.
    Niños de cuerpos fríos cuyas lágrimas se han secado para siempre
    y que los telediarios de Occidente han rebautizado:
    Nombre: Daños. 
    Apellido: Colaterales.
     Entonces quizás recordó el lamento de las gargantas quemadas de dolor,
     la desesperación del que araña gravilla y ceniza entre las ruinas de su casa.
    Camillas empapadas de sangre y tullidos con heridas sin cauterizar.
    El olor de la morgue donde se acumulan, gélidos, los vecinos, los amigos, la familia.
    El grito de un pueblo que choca contra el bloqueo.
    Contra el muro. Contra un mundo sordo.
    Como una piedra contra un tanque.

    Quizás la impotencia devoró al miedo encendiendo la rabia que inundó sus pupilas.
    Y se encaró. Seguro. Aferrando en su puño la bandera de los oprimidos.


                                                                     PALESTINA LIBRE



    viernes, 19 de octubre de 2012

    товарищи


    "Sé que tengo suerte de teneros cerca,
     no encuentro belleza en los que nunca se rebelan".
    P.I.B


     Al otro lado de la ventanilla el paisaje se desdibujaba por la velocidad mientras el cielo presumía una gama de azules oscuros que señalaban la inminencia de la noche.
    Eran dos, pero normalmente ocupaban cuatro asientos en el tren. Se sentaban en frente uno del otro y estiraban las piernas sobre el asiento de delante, un gesto de cómodo desenfado que corresponde a la juventud.
    Ese día, sin embargo, se sentaron al lado. No por romper tradiciones sino porque era jornada de huelga y el vagón parecía la barraca de un campo de concentración. Nadie quería quedarse en el andén porque el próximo tren podía tardar más de una hora en llegar y los cuerpos se apretaban cual sardinas en una lata de conserva. Cada centímetro susceptible de ser robado al vagón era aprovechado por un nuevo pasajero que encajaba sus pies entre los del resto de viajeros justo antes del cierre de puertas. Ya se preocuparían luego del oxígeno.
    Los que viajaban acompañados no hablaban mucho, pues con tanto pasajero la intimidad se había visto obligada a quedarse en el andén. Cualquier conversación sería recibida por varios pares de oídos curiosos o ausentes. Y, sin embargo, en las treguas que les dejaba el sueño entre cabezada y cabezada, ellos intercambiaban opiniones sin preocuparse de las miradas de soslayo que les lanzaban sus comprimidos compañeros de viaje al oír hablar de piquetes juveniles, salvajes cargas a caballo, sindicatos vendidos o compañeros detenidos. 
    Y fue ahí, en ese vagón donde la intimidad no tenía cabida, que El Maestro, haciendo honor a su sobrenombre (aunque no fue su sabiduría la que le granjeó este apodo), expuso ante ella una verdad inmensa que quizás llevaban ya un tiempo sospechando:
     “No sé tú, pero yo estoy cogiendo un cariño increíble a esta gente”.




    lunes, 18 de junio de 2012

    La lucha que emocionó a Maruxiña

    "Hay una lumbre en Asturias
    que calienta España entera,
    y es que allí se ha levantado,
    toda la cuenca minera"
    Chicho Sánchez Ferlosio

    Vuelan certeras las tuercas, arden las barricadas, 
    se tiñe de negro el cielo, se callan las batukadas.
    Es la lucha del minero.
    Manos que abrazan la tierra, que aguantan al compañero, 
    manos que el misil encienden, manos tiznadas de negro. 
    Han cortado carreteras y han ocupado las calles 
    los que defienden su empleo, la dignidad del obrero 
    y la vida de sus valles. 

    ”Si nuestros hijos pasan hambre...los vuestros verterán sangre”

    Si nos siguen vendiendo que hay que abrigar al banquero, 
    mientras que para lo público siguen robando el dinero, 
    Si nos rescatan con soga y nos la aprietan bien fuerte, 
    si gobiernan las mentiras y se esconde el presidente...
    Si nos quieren esclavos, si nos secuestran las vidas, 
    enseñadnos a golpear sobre sus expectativas.
    Que iluminen las linternas nuestro caminar certero 
    y que nuestro norte sea el ejemplo del minero.
    Pues la lucha que más temen es la de aquéllos que comprenden el problema, 
    los que saben que, ante todo, hay que cambiar el sistema.

    Hijos del carbón. Pulmones negros. Corazones de metralla.
    Laten al compás, tan fuerte, que estallan de pura rabia.

    No es terrorismo, es insurgencia. 
    Jodida manía de confundir violencia con resistencia.

    "Viva la lucha que sus esquemas rompe,
    como la de los mineros resistiendo en el monte"
                                                                 Pablo Hasél





    martes, 29 de mayo de 2012

    ¡Buongiorno principesse!

    Princesa es una de esas palabras que te perforan los oídos con su afilada cursilería. 
    Es rosa, es ñoña, es insípida y pusilánime. 
    Es la imagen de una dulce y frágil damisela de rasgos delicados y ternura infinita que cepilla su larga cabellera encerrada en una torre, limpia el polvo y canta con las dóciles criaturas del bosque en la cabaña de siete enanos o es explotada por malvadas hermanastras mientras espera ansiosa la llegada de un caballero apuesto y audaz que la libere de su desdichada vida para colmar su futuro de empalagoso romanticismo.

    Al menos esa es la idea de azúcar glas que venden los cuentos infantiles cuyos tintes patriarcales yo ya me resistía a digerir en mi más tierna infancia, algo que a mi madre le encanta contar.
    Y sin embargo, conozco princesas (el mundo está lleno de ellas) pero las de verdad no son como las de los cuentos... aquí las princesas bailan a otro compás:
    Las princesas que conozco no huyen despavoridas a las 12 de la fiesta, noy hay toques de queda ni hechizos que valgan, ellas deciden cuándo acaba la noche. No pierden zapatos de cristal porque no llevan zapatos de cristal. De hecho apenas llevan tacones (los tacones son invento de un misógeno) y, si se cansan de ellos, se los quitan y andan descalzas cual amazonas. No les quita el sueño dormir sobre un guisante; cualquier parque, banco o calle es buena cama si se tercia. No mantienen la compostura y tampoco son las más delicadas: gritan cuando les sale de dentro, dicen palabrotas, opinan de política, corren delante de la policía y detrás de los autobuses, juegan al fútbol, se emborrachan con bolcheviques y bailan con desconocidos. 
    No sueñan con el caballero del final feliz pues se enamoran cada día y son igualmente dichosas. 
    Tampoco necesitan que nadie acuda a rescatarlas porque ellas se liberan solas.
    Ni pudores, ni complejos... que son guapas hasta cuando se despiertan con el maquillaje de la noche anterior restregado por la cara y una sensación en la boca de haber masticado gravilla o lamido contenedores.
    Los animalitos no bailan ni cantan a su alrededor aunque de vez en cuando en su perfecta imperfección de princesas reciben, al igual que el resto de los mortales, un excremento gigante de paloma en la cabeza...
    Pero siguen siendo princesas. Y hacen cosas de princesas, como lavar el coche, hablar con la boca llena, escupir cerveza en un ataque de risa o enseñar el culo en plena calle.
    Aunque no debe engañaros su espontaneidad y su descaro; a veces se ponen tristes, se agobian o se preocupan y son tan tiernas que necesitan mil besos y abrazos para reactivarse.

    "Dicen que las princesas no tienen equilibrio, son tan sensibles que notan la rotación de la tierra. Dicen que son tan sensibles que enferman si están lejos de su reino, que hasta pueden morir de tristeza." 
    Las princesas que yo conozco son republicanas y no tienen ni quieren reino. Pero al hilo de una sabia frase cinematográfica "tu país son tus amigos y eso sí se extraña", sé que morirían de tristeza lejos de ese "reino" que supone su amistad.
     Y vivieron felices 
    (y no comieron perdices porque alguna era vegetariana).