lunes, 14 de enero de 2013

Hilvanes

 "No aceptes lo habitual como cosa natural.  
Porque en tiempos de desorden,  
de confusión organizada, de humanidad deshumanizada,
nada debe parecer natural.
Nada debe parecer imposible de cambiar" 
Bertolt Brecht


Sabes que los gritos, las broncas y el menosprecio a tus ideales provienen de amargos temores. 
No dudas que te quieren pero tampoco hay duda de que hubieran preferido que fueses de otra manera. 
¿Podrías cambiar? Probablemente, pero ya no serías tú. Serías inmensamente infeliz.
Además ellos algo tienen que ver en tu forma de entender el mundo que ahora tanto les asusta: alguien te enseñó lo que era el altruismo, la solidaridad, que el dinero no vale más que las personas y que uno no puede sentarse impasible a ver la ejecución de injusticias. Quizás se les haya olvidado. 

Hablan de "radical" en un mundo radicalmente enfermo, de por qué buscas guerra en un mundo en paz... En un mundo en paz en el que, sin embargo, temen represión contra el que disiente. Contradicciones. Si la censura se instala en tu propia casa qué no puedes esperar al salir a la calle. A la gente le dan miedo las ideas, le dan miedo las sanciones, le da miedo lo distinto.  ¿Quién decide lo correcto y lo incorrecto? ¿Quién legitima la ley? El sistema nos convence de que la potencia no puede diferir del acto, lo que hay es lo que hay, la impotencia es nuestra naturaleza y oir, ver y callar es el gesto habitual de una sociedad "en paz".
Confunden libertad con la comodidad de una rutina, con no llevar grilletes, y democracia con introducir un papel en una urna de plástico cada cuatro años.

La cultura del terror. Ellos tienen miedo a no llegar a fin de mes, a que tu actividad les suponga gastos excepcionales, a que el gobierno te señale por pensar lo que piensas, a una posible represión.
Tú tienes miedo a que todo siga igual, a que tus hijos crezcan en un mundo podrido de avaricia e individualismo, a la esclavitud del capital a la que ya estás destinada, al sufrimiento gratuito de la gente.
No esperas orgullo, ya ni siquiera empatía, pero al menos un respeto a tus ideas, a tu forma de pensar y a tu elección de no agachar la cabeza y conformarte, al menos mientras te quede juventud y energía suficiente para enfrentar lo que consideras injusto. 

Sin duda, lo que más te duele, es el firme convencimiento que tienen de que no piensas por ti misma, de que te han lavado el cerebro. Escuece que cuestionen tu sentido crítico, tu propia capacidad de elegir cómo quieres vivir... es el mayor insulto a tu inteligencia y tu integridad moral que te hayan hecho. Y quema.

Puede que los años te quiten la ilusión y la esperanza de cambio y acabes pareciéndote a ellos. Puede que mañana las derrotas acaben con tu inconformismo y que termines asumiendo la propaganda mediática, dejándote llevar por las normas sociales que dicta qué sabes tú quién, hipotecando tu vida tristemente para no quedarte al margen de la sociedad... pero de momento es hoy. Hoy y no mañana. 

Por eso las palabras precisas en el momento preciso suelen patrocinar carreras de lágrimas que resbalan por las mejillas para alcanzar su meta en la comisura de una sonrisa reciente. Reconforta saber que no lo haces todo mal y que hay quién considera que es loable cómo piensas y que actúes en consecuencia. Reconforta tanto.




                   





martes, 8 de enero de 2013

StopDesahucios

Solidaridad. 
Y se te llena la boca y el pecho al decirlo porque crees que cada día comprendes mejor lo que significa, todo lo que abarca, lo mucho que te acerca a otras personas y lo mucho que engrandece cualquier gesto.
La solidaridad.
Que no va de arriba a abajo, como la caridad, sino de al lado.
Que no viene del bolsillo, ni de la cartera, sino de dentro. 
De la empatía y las ganas de cambio. De la fe en las personas.
Yo la he visto en mi ciudad.
Ciudad que creíamos muerta, débil, pequeña en tamaño y en lucha... y se ha hecho enorme de repente.
Ya van muchas batallas perdidas en la búsqueda de soluciones al problema de María, pero no amargan porque se hace aún más evidente la fuerza que tenemos, la solidaridad que no pueden destruir ni con el hambre, ni con el frío, ni con jugadas maestras, ni con su estúpida represión... ellos intentan cerrar bocas y agachar cabezas con sanciones económicas porque claro, para ellos el dinero es lo que cuenta.
Pueden tener todo el dinero del mundo (y seguirán queriendo más) y cuentan con las fuerzas del Estado que, aun pagadas por la ciudadanía, ejercen una labor increíble como seguridad privada al servicio del capital, pero aparte de eso...no se tienen ni a sí mismos.
A ellos les apoyan mercenarios sin escrúpulos que les defienden por cuestiones salariales.
A María la definde su gente, su ciudad, su clase; por lealtad hacia la justicia de su causa, por empatía, por solidaridad.

María es tan dulce que nos regala bombones y viene a saludar a "sus jóvenes" cuando nos ve en la sucursal y, tan dura, que ningún policía fue capaz de sostenerle la mirada llena de dignidad después del desalojo de la sucursal.

Hoy la han citado otra vez para negociar y luego se han negado a recibirla jugando una vez más con sus ilusiones...


- ¿Cómo estás María?
- Bueno... Tengo aún mucha fuerza. Me la dais vosotros.

Y no va a faltar mientras queden no neutrales en la ciudad,
¡Guadalajara que bonita te pones cuando luchas!








miércoles, 26 de diciembre de 2012

Desprenderse

 “Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada. Cuando era niño, mi madre se enfadaba mucho conmigo. Hay tíos que se pasan días enteros buscando todo lo que pierden. A mí nada me importa lo bastante como para pasarme una hora buscándolo."
 J.D.Salinger; El guardián entre el centeno




Amaneceres de ebrio surrealismo...
A veces basta una palabra.
Anomia bajo la colcha de camas sin sábanas...
A veces basta un comentario.
Cábalas...
A veces basta una expresión.


...
Entonces cualquier flaqueza puede resquebrajarse.
Añicos. Sin más.


(¿Quién escribirá nuevas flaquezas?) 
Desprenderse de la debilidad.



lunes, 3 de diciembre de 2012

Gaza

Entonces quizás recordó el aire viciado por el polvo,
los pies trastabilleando sobre montañas de escombros.
El traumático sonido de los cazas, las bombas al caer.
Y taparse los oídos inutilmente.
Niños de caras sucias surcadas de lagrimones deambulando por la calle,
que cuentan palestinos saltando el muro, en vez de ovejas, para dormir.
Niños de cuerpos fríos cuyas lágrimas se han secado para siempre
y que los telediarios de Occidente han rebautizado:
Nombre: Daños. 
Apellido: Colaterales.
 Entonces quizás recordó el lamento de las gargantas quemadas de dolor,
 la desesperación del que araña gravilla y ceniza entre las ruinas de su casa.
Camillas empapadas de sangre y tullidos con heridas sin cauterizar.
El olor de la morgue donde se acumulan, gélidos, los vecinos, los amigos, la familia.
El grito de un pueblo que choca contra el bloqueo.
Contra el muro. Contra un mundo sordo.
Como una piedra contra un tanque.

Quizás la impotencia devoró al miedo encendiendo la rabia que inundó sus pupilas.
Y se encaró. Seguro. Aferrando en su puño la bandera de los oprimidos.


                                                                 PALESTINA LIBRE



viernes, 19 de octubre de 2012

товарищи


"Sé que tengo suerte de teneros cerca,
 no encuentro belleza en los que nunca se rebelan".
P.I.B


 Al otro lado de la ventanilla el paisaje se desdibujaba por la velocidad mientras el cielo presumía una gama de azules oscuros que señalaban la inminencia de la noche.
Eran dos, pero normalmente ocupaban cuatro asientos en el tren. Se sentaban en frente uno del otro y estiraban las piernas sobre el asiento de delante, un gesto de cómodo desenfado que corresponde a la juventud.
Ese día, sin embargo, se sentaron al lado. No por romper tradiciones sino porque era jornada de huelga y el vagón parecía la barraca de un campo de concentración. Nadie quería quedarse en el andén porque el próximo tren podía tardar más de una hora en llegar y los cuerpos se apretaban cual sardinas en una lata de conserva. Cada centímetro susceptible de ser robado al vagón era aprovechado por un nuevo pasajero que encajaba sus pies entre los del resto de viajeros justo antes del cierre de puertas. Ya se preocuparían luego del oxígeno.
Los que viajaban acompañados no hablaban mucho, pues con tanto pasajero la intimidad se había visto obligada a quedarse en el andén. Cualquier conversación sería recibida por varios pares de oídos curiosos o ausentes. Y, sin embargo, en las treguas que les dejaba el sueño entre cabezada y cabezada, ellos intercambiaban opiniones sin preocuparse de las miradas de soslayo que les lanzaban sus comprimidos compañeros de viaje al oír hablar de piquetes juveniles, salvajes cargas a caballo, sindicatos vendidos o compañeros detenidos. 
Y fue ahí, en ese vagón donde la intimidad no tenía cabida, que El Maestro, haciendo honor a su sobrenombre (aunque no fue su sabiduría la que le granjeó este apodo), expuso ante ella una verdad inmensa que quizás llevaban ya un tiempo sospechando:
 “No sé tú, pero yo estoy cogiendo un cariño increíble a esta gente”.




domingo, 14 de octubre de 2012

El cementerio de los libros olvidados

"—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?" 


               La Sombra del viento, Carlos Ruíz Zafón


"¿Es la primera vez que venís? ¿Sabéis como funciona?". Daniel Semper veía hoy desde mis ojos aquella habitación. Paredes cubiertas de libros apilados hasta el techo, columnas de literatura equilibrista que se balanceaban peligrosamente cada vez que alguien arrancaba una obra de las capas inferiores. Una escalera de mano para alcanzar los estantes más altos y cajas repletas de palabras, celulosa y tapas duras colocadas por el suelo. Etiquetas que rezaban "Arte", "Novela", "Poesía" o "Rarezas" en un intento de organizar el caos literario. Un sofá, una cafetera y todo el tiempo del mundo para barrer con la mirada autores y títulos impresos o grabados en un sin fín de cubiertas de diversos colores, tamaños y texturas.
Sentirse abrumada por tal cantidad de libros y saber que alguno te espera a tí, que saldréis juntos de la sala y que pasarás una a una todas sus páginas en un futuro no muy lejano. Me ha costado, pero al final, como Semper, he encontrado el mío, el que me estaba esperando, debajo de una pila de tomos descolocados... Llevaba mi nombre impreso sin tinta: un libro que tuve una vez de prestado y que no me pude leer...el azar me lo ha devuelto con palabras extranjeras. Dos pájaros de un tiro. O de un libro.
Salir de la habitación con las manos y la sonrisa llenas, sabiendo que vas a volver y agradeciendo que existan rincones así.

Donde no viven los libros olvidados, sino los libros libres, que ni se compran ni se venden.