lunes, 3 de diciembre de 2012

Gaza

Entonces quizás recordó el aire viciado por el polvo,
los pies trastabilleando sobre montañas de escombros.
El traumático sonido de los cazas, las bombas al caer.
Y taparse los oídos inutilmente.
Niños de caras sucias surcadas de lagrimones deambulando por la calle,
que cuentan palestinos saltando el muro, en vez de ovejas, para dormir.
Niños de cuerpos fríos cuyas lágrimas se han secado para siempre
y que los telediarios de Occidente han rebautizado:
Nombre: Daños. 
Apellido: Colaterales.
 Entonces quizás recordó el lamento de las gargantas quemadas de dolor,
 la desesperación del que araña gravilla y ceniza entre las ruinas de su casa.
Camillas empapadas de sangre y tullidos con heridas sin cauterizar.
El olor de la morgue donde se acumulan, gélidos, los vecinos, los amigos, la familia.
El grito de un pueblo que choca contra el bloqueo.
Contra el muro. Contra un mundo sordo.
Como una piedra contra un tanque.

Quizás la impotencia devoró al miedo encendiendo la rabia que inundó sus pupilas.
Y se encaró. Seguro. Aferrando en su puño la bandera de los oprimidos.


                                                                 PALESTINA LIBRE



viernes, 19 de octubre de 2012

товарищи


"Sé que tengo suerte de teneros cerca,
 no encuentro belleza en los que nunca se rebelan".
P.I.B


 Al otro lado de la ventanilla el paisaje se desdibujaba por la velocidad mientras el cielo presumía una gama de azules oscuros que señalaban la inminencia de la noche.
Eran dos, pero normalmente ocupaban cuatro asientos en el tren. Se sentaban en frente uno del otro y estiraban las piernas sobre el asiento de delante, un gesto de cómodo desenfado que corresponde a la juventud.
Ese día, sin embargo, se sentaron al lado. No por romper tradiciones sino porque era jornada de huelga y el vagón parecía la barraca de un campo de concentración. Nadie quería quedarse en el andén porque el próximo tren podía tardar más de una hora en llegar y los cuerpos se apretaban cual sardinas en una lata de conserva. Cada centímetro susceptible de ser robado al vagón era aprovechado por un nuevo pasajero que encajaba sus pies entre los del resto de viajeros justo antes del cierre de puertas. Ya se preocuparían luego del oxígeno.
Los que viajaban acompañados no hablaban mucho, pues con tanto pasajero la intimidad se había visto obligada a quedarse en el andén. Cualquier conversación sería recibida por varios pares de oídos curiosos o ausentes. Y, sin embargo, en las treguas que les dejaba el sueño entre cabezada y cabezada, ellos intercambiaban opiniones sin preocuparse de las miradas de soslayo que les lanzaban sus comprimidos compañeros de viaje al oír hablar de piquetes juveniles, salvajes cargas a caballo, sindicatos vendidos o compañeros detenidos. 
Y fue ahí, en ese vagón donde la intimidad no tenía cabida, que El Maestro, haciendo honor a su sobrenombre (aunque no fue su sabiduría la que le granjeó este apodo), expuso ante ella una verdad inmensa que quizás llevaban ya un tiempo sospechando:
 “No sé tú, pero yo estoy cogiendo un cariño increíble a esta gente”.




domingo, 14 de octubre de 2012

El cementerio de los libros olvidados

"—Este lugar es un misterio, Daniel, un santuario. Cada libro, cada tomo que ves, tiene alma. El alma de quien lo escribió, y el alma de quienes lo leyeron y vivieron y soñaron con él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien desliza la mirada por sus páginas, su espíritu crece y se hace fuerte. Hace ya muchos años, cuando mi padre me trajo por primera vez aquí, este lugar ya era viejo. Quizá tan viejo como la misma ciudad. Nadie sabe a ciencia cierta desde cuándo existe, o quiénes lo crearon. Te diré lo que mi padre me dijo a mí. Cuando una biblioteca desaparece, cuando una librería cierra sus puertas, cuando un libro se pierde en el olvido, los que conocemos este lugar, los guardianes, nos aseguramos de que llegue aquí. En este lugar, los libros que ya nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar algún día a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu. En la tienda nosotros los vendemos y los compramos, pero en realidad los libros no tienen dueño. Cada libro que ves aquí ha sido el mejor amigo de alguien. Ahora sólo nos tienen a nosotros, Daniel. ¿Crees que vas a poder guardar este secreto?" 


               La Sombra del viento, Carlos Ruíz Zafón


"¿Es la primera vez que venís? ¿Sabéis como funciona?". Daniel Semper veía hoy desde mis ojos aquella habitación. Paredes cubiertas de libros apilados hasta el techo, columnas de literatura equilibrista que se balanceaban peligrosamente cada vez que alguien arrancaba una obra de las capas inferiores. Una escalera de mano para alcanzar los estantes más altos y cajas repletas de palabras, celulosa y tapas duras colocadas por el suelo. Etiquetas que rezaban "Arte", "Novela", "Poesía" o "Rarezas" en un intento de organizar el caos literario. Un sofá, una cafetera y todo el tiempo del mundo para barrer con la mirada autores y títulos impresos o grabados en un sin fín de cubiertas de diversos colores, tamaños y texturas.
Sentirse abrumada por tal cantidad de libros y saber que alguno te espera a tí, que saldréis juntos de la sala y que pasarás una a una todas sus páginas en un futuro no muy lejano. Me ha costado, pero al final, como Semper, he encontrado el mío, el que me estaba esperando, debajo de una pila de tomos descolocados... Llevaba mi nombre impreso sin tinta: un libro que tuve una vez de prestado y que no me pude leer...el azar me lo ha devuelto con palabras extranjeras. Dos pájaros de un tiro. O de un libro.
Salir de la habitación con las manos y la sonrisa llenas, sabiendo que vas a volver y agradeciendo que existan rincones así.

Donde no viven los libros olvidados, sino los libros libres, que ni se compran ni se venden.

lunes, 18 de junio de 2012

La lucha que emocionó a Maruxiña

"Hay una lumbre en Asturias
que calienta España entera,
y es que allí se ha levantado,
toda la cuenca minera"
Chicho Sánchez Ferlosio

Vuelan certeras las tuercas, arden las barricadas, 
se tiñe de negro el cielo, se callan las batukadas.
Es la lucha del minero.
Manos que abrazan la tierra, que aguantan al compañero, 
manos que el misil encienden, manos tiznadas de negro. 
Han cortado carreteras y han ocupado las calles 
los que defienden su empleo, la dignidad del obrero 
y la vida de sus valles. 

”Si nuestros hijos pasan hambre...los vuestros verterán sangre”

Si nos siguen vendiendo que hay que abrigar al banquero, 
mientras que para lo público siguen robando el dinero, 
Si nos rescatan con soga y nos la aprietan bien fuerte, 
si gobiernan las mentiras y se esconde el presidente...
Si nos quieren esclavos, si nos secuestran las vidas, 
enseñadnos a golpear sobre sus expectativas.
Que iluminen las linternas nuestro caminar certero 
y que nuestro norte sea el ejemplo del minero.
Pues la lucha que más temen es la de aquéllos que comprenden el problema, 
los que saben que, ante todo, hay que cambiar el sistema.

Hijos del carbón. Pulmones negros. Corazones de metralla.
Laten al compás, tan fuerte, que estallan de pura rabia.

No es terrorismo, es insurgencia. 
Jodida manía de confundir violencia con resistencia.

"Viva la lucha que sus esquemas rompe,
como la de los mineros resistiendo en el monte"
                                                             Pablo Hasél





viernes, 8 de junio de 2012

Horizontes


A tí, que se muere de ganas de verte.
Le fascina tu carácter, tu volubilidad. Libre, indómito, salvaje.
Que no sabes si acaricias o golpeas, si vienes o si vas.
Inmenso, frío, infinito. 

Añora respirarte, los besos salados y las cosquillas en los pies. 
Volverá a buscar cada uno de tus horizontes y sonreirá al ver lo guapo que te pones al atardecer.
Cuando os encontréis echará a correr, los brazos abiertos.
Sabe que tú también irás a su encuentro y acabaréis rompiéndoos en un abrazo instantáneo que le salpicará la sonrisa y el pelo.

Que, como Alberti, los marineros en tierra soñamos con volverte a ver.
P.D.- Ya queda menos, Atlántico.