jueves, 30 de octubre de 2014

Pachucha. Kikoso.

A ella le gustaba llevar ese chándal de mil colores. Uno de esos que ahora llevan los modernos pero que tienen más años que Atapuerca. Él solía llevar un mono vaquero y una camiseta de rayas, aunque en invierno sacaba ese abrigo de pelusilla marrón con orejas de oso en la capucha.
Ella tenía pelo rubio brillante, nariz de habichuela y hoyuelos al sonreír. Él andaba siempre con cara de susto y la nariz colorada, redonda como un botón. Era pelirrojo, pero me atrevo a jurar que nunca nadie había conseguido peinarle. 

Hubo un tiempo en que yo no me separaba de ella: jugábamos después del cole y las meriendas se hacían eternas si ella se empeñaba en rechazar la fruta, dormíamos juntas (yo me pedía pared), nos reíamos como locas ante cualquier atisbo de foto y se sentaba a mi lado cuando yo pintaba con acuarelas mis vanguardias infantiles. 
Recuerdo que a Rodrigo le pasaba algo parecido con él. No es que fuera el crío más inocente del mundo (y cualquiera que haya visto su sonrisa de "yonohesido" dará fe de ello), pero con él era distinto, le cuidaba y le protegía como si fuese su hermano mayor. El primo de Zumosol. Él era más mayor que Rodrigo, había vivido mil aventuras antes y, a veces, se le notaba perdido, quizás cansado de tanto jugar. Había tenido un accidente que le hizo perder la visión y Rodrigo lloraba tanto cuando le miraba el ojo mutilado, con sus pestañas aplastadas y la córnea destrozada por un destornillador, que la tía tuvo que improvisar un parche rojo para que Rodrigo dejase de llorar. Luego todo fue mejor. No es lo mismo tener un amigo tullido que un amigo pirata, ya se sabe.

Y míralesnos

Cómo pasa pesa el tiempo.




lunes, 27 de octubre de 2014

Despedida


- Cuanto más me tocas menos ganas tengo de irme.
- Cuantas menos ganas tengo de que te vayas más te toco.


martes, 30 de septiembre de 2014

Ítaca

Cuando volvió a Ítaca se dio cuenta, de verdad, de lo corta y lo salvaje que había sido su Odisea. Entonces ese lugar que tanto le gustaba, ese cacho de tierra del que antes solía hacer patria, al que humildemente ponía a la altura o por encima de ciudades Patrimonio de la Humanidad y al que solo a sí mismo y a sus paisanos permitía el derecho y el placer de criticar (porque lo amaban y lo sufrían al mismo tiempo que él)... ese lugar, ahora le resultaba completamente ajeno. Ítaca le agobiaba y le parecía que las alcarrias que la flanquean le cercaban y se estrechaban para que no escapase más:

también hay islas lejos del mar.

Qué igual era todo y qué distinto a la vez. Aunque nadie, nadie más, parecía percatarse.
Se preguntó si era él quién había cambiado.

En la aventura había aprendido cosas que no se pueden leer: que el horizonte es infinito, que hay vida más allá,  que en el corazón (o en las pupilas, o en la memoria, o en donde quiera que se guarden las cosas importantes) cabe mucho más que en la maleta. Y caben arraigos y pertenencias. Otras Ítacas.

En Ítaca no siempre hay Penélopes tejiendo ausencias y la ausencia le había hecho prescindible. 
Cuando volvió le costó encajar -el golpe- en ese ecosistema del que una vez salió y que había seguido funcionando igual de bien sin él. Pero al final comprendió que es esa prescindibilidad la que nos deja ser parte de todo y de todos.
-"Y eso es bien"- supuso.
-"Joder, ¡eso es muy bien!"- se convenció.

Eso implica que cuando emprendiese nuevas Odiseas seguiría  pudiendo volver porque, no importa lo cambiado que regresase o lo asquerosamente igual y distinta que le esperase Ítaca a su regreso, seguirá siendo la suya y, podía reconocerlo, estando lejos extrañaba su sinsentido.

Que Eolo sople nuevos vientos.
Que a Ítaca siempre se regesa.

martes, 3 de diciembre de 2013

Coucou

Recuerdos de un viaje en autobús que, por su duración, bien podría haber tenido por destino Mordor o el fin del mundo. Por si acaso, servidora se apeó en Montpellier.
- "Española ¿eh? Supongo que vienes a trabajar en la vendimia" Fue la extraña bienvenida que me dedicó Francia a través de un desconocido al desembarcar en medio de la noche en la estación de bus. Ahora que una ha tenido tiempo de acostumbarse al chovinismo, la excesiva burocracia y la fierté de les enfants de la patrie, no me sorprende el recibiento, pero por aquél entonces fue très choquant.

Parece que ha pasado una eternidad desde aquellos días en que una maleta, vértigo e incertidumbre era lo único que traía conmigo, cuando vivía de okupa en residencias ajenas, comíamos taboulé infame y por manta usábamos una bandera republicana.

Tres meses después una se ha acostumbrado a no encontrar las alcarrias recortadas contra el cielo al otro lado de la ventana, a hablar francés (con acentos varios) sin necesidad de unas cervezas para desinhibirse y a ser yo la extraña extranjera. Ahora conozco par coeur las paradas del tranvía, dónde desembocan los callejones y en qué recovecos se esconden las placitas con más encanto de la zona antigua. Conozco con precisión la combinación de los semáforos del cruce de Boulevard de Strasbourg, los horarios y los bares con descuento y a qué hora la policia desaloja la Place Saint Roch. He visto pasar minutos delante de ropa centrifugándose en lavanderías colectivas, sé que los domingos alguien venderá la bici que te han robado en el mercado de las pulgas y que las mejores vistas de Montpellier son desde el Peyrou. He sentido la emoción de tener el mar a 20min de casa y la decepción al comprobar que no tiene olas. He perdido la cuenta de las horas que he corrido a la orilla del Lez y voy adaptando mi cuerpo a una dieta de cereales, caldo de verduras, queso y cerveza. Desarrollo la teoría de qu'il faut pas parler plusieurs langues if you can mix them all y estoy construyendo mi propio dialecto. Aumenta cada día mi colección de risas, anécdotas y resacas. 
Os echo de menos sin querer volver.



En tres meses la vida ha dado más vueltas que el carrusel (presque toujours vide) de Comédie y, aunque a veces las ausencias pesan, Erasmo de Rotterdam tiene buenos antídotos para mi.
 Vivo en un país donde España es el tercer mundo y cuyos habitantes lo llenan todo de bicis, huelgas, humo de cigarrillo y "oh putain!"... pero de momento esta tierra me está tratando bien.


martes, 24 de septiembre de 2013

"—¿Sabías que el mar aquí es muy importante? Donde más...
 —No hay mar aqui.
 —Por eso, es donde más se piensa en él. Las cosas no son importantes porque existen, son importantes porque se piensa en ellas. Mi madre lo dice siempre, que existimos porque alguien piensa en nosotros y no al revés."
  (Princesas)


domingo, 11 de agosto de 2013

 
En las callejuelas angostas hasta el más diminuto insecto proyecta gigantescas sombras.

martes, 28 de mayo de 2013

Poetas




"Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse."
Gabriel Celaya






Es la Historia que está viva.
Corazones que bombean sangre de un mismo color.  
Pies que tantean el suelo al estrenar primeros pasos.
La historia que se esconde en cada arruga de un anciano,
la experiencia que segrega cada poro de su piel.
Aspereza en unas manos que trabajan la tierra que les vio nacer.
El chasquido de las vértebras de quien estira su cansancio.
Gestos tiznados de carbón, cejas empapadas en sudor.
Rumbos vagabundos de quien viaja sin billete,
con lo puesto, sin prisa y sin dirección
Entrañas del cuaderno que escribió el preso en su celda.
El arrojo y la humildad de la piedra contra el tanque.
La resistencia del que lucha mimetizado en el monte.
La risa inesperada que hace retroceder al miedo.
Endurecerse, como Ernesto, sin perder jamás la ternura.
La inmensidad azul que inspiró a Neruda.
El camino que hizo al andar Machado en su marcha hacia el exilio.
El arma con que Celaya disparó versos de futuro.
La libertad para la que Miguel Hernández
sangraba, luchaba y pervivía, 
y en cuya bandera bordó Lorca el amor más grande de su vida.
La boca de Benedetti que supo gritar rebeldía.
El incesante galopar de los pueblos que cantó Alberti:
"hasta enterrarlos en el mar".
Las diez mil manos, sembrando y produciendo, 
y Víctor Jara gritando "¡A desalambrar!"
Las mujeres que no se conforman con parir leones.
Los que, como Arenas, permanecen en la lluvia .
Lo sencillo difícil de realizar que dijo Brecht.

Porque la poesía es también  (y sobretodo) el grito de los sin voz.


Imagen de Tina Modotti